Antoine Abraham

El Dios que no se fué

ECOS QUE TRASCIENDEN

Hoy la Iglesia celebra el Corpus Christi.

Y, curiosamente, muchas personas saben que hay una procesión…

pero no siempre recuerdan qué se está celebrando.

Porque esta fiesta no habla de un símbolo.
Habla de una presencia.

De una presencia tan extraordinaria…

que ha sido discutida, defendida, perseguida y adorada durante dos mil años.

La pregunta es sencilla:

¿Por qué Dios decidió quedarse?

Después de todo, la historia parecía completa.

Había nacido en Belén.
Había predicado en Galilea.
Había curado enfermos.
Había resucitado muertos.
Había muerto en una cruz.
Y había vencido a la muerte.
¿Qué más faltaba?

Entonces ocurrió algo inesperado.

No dejó solamente enseñanzas.
No dejó únicamente recuerdos.
No dejó un monumento.

Se quedó.

Y aquí aparece una palabra fascinante.

En el Evangelio de Juan, durante el discurso del Pan de Vida, Jesús utiliza el verbo griego μένω (ménō).

No significa simplemente estar.

Significa permanecer.

Habitar.
Quedarse.
No pasar de visita.
No aparecer un momento.
Permanecer.

Por eso dice:

“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6,56).

Permanece.

El verbo de quien decide no marcharse.

Y eso cambia por completo la forma de mirar la Eucaristía.

Porque el Corpus Christi celebra precisamente eso:

que Cristo quiso permanecer.

No como una idea.
No como una inspiración.
No como un personaje histórico.

Realmente presente.

El mismo Jesús de Nazaret.
El mismo que caminó junto al lago.
El mismo que lloró ante la tumba de Lázaro.
El mismo que cayó bajo el peso de la cruz.
Oculto bajo algo tan sencillo…

que muchos pasan de largo sin darse cuenta.

Un poco de pan.

Y quizá ahí está una de las mayores paradojas del cristianismo.

Cuando Dios quiso mostrar su poder…

no eligió el espectáculo.

Eligió la humildad.

Belén fue humilde.
Nazaret fue humilde.
La cruz fue humilde.
Y la Eucaristía también.

Porque Dios parece tener una extraña preferencia por las cosas pequeñas.

Las suficientemente pequeñas para que el orgulloso las desprecie.

Y las suficientemente sencillas para que el humilde las encuentre.

Por eso el Corpus Christi no es una fiesta sobre el pan.

Es una fiesta sobre la cercanía.

Sobre un Dios que pudo quedarse en el cielo…

y decidió quedarse con nosotros.

Un Dios que no quiso ser solamente admirado.

Quiso ser acompañado.

Visitado.

Recibido.

Amado.

Y tal vez ahí está la profundidad de esta solemnidad:

Si Cristo lleva dos mil años esperando en los sagrarios…

¿cuánto tiempo llevamos nosotros sin visitarlo?

Porque creer en la presencia real es importante.

Pero vivir como si fuera real…

es otra cosa.

Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad.

— Antoine Abraham

PD.

En la antigüedad, cuando un rey conquistaba una ciudad, dejaba una imagen, una estatua o un estandarte para recordar que había estado allí.

Cristo hizo algo radicalmente distinto.

No dejó una imagen para que lo recordáramos.

Se quedó Él mismo.

Y esa decisión sigue esperando respuesta.

“No sé quién…
pero alguien necesita leer esto hoy.
Si lo pensaste… reenvíaselo.”

Esto es parte de algo más grande…
(y esta fue la primera pieza):

El gallo que rompió a Pedro

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