Antoine Abraham

LA CERCANÍA QUE CAMBIA TODO

Ayer entendí que Dios no solo se acerca… también se deja habitar.

SERIE: ECOS QUE TRASCIENDEN

Hay algo que me quedé pensando
después de escribir sobre el lugar donde descansa Dios

Porque si Juan estaba ahí…
si realmente estaba en ese lugar de intimidad…

entonces la pregunta cambia.

Ya no es solo dónde estaba Juan.

Es:

¿cómo lo trataba Jesús?
¿cómo era estar así de cerca?

Porque cuando empecé a leer los Evangelios con atención…
descubrí algo que no es casual.

Jesús no se relaciona igual con todos.

A Pedro lo corrige.
A Tomás lo confronta.
A los fariseos los enfrenta.

Pero con Juan… hay otro tono.

No es más discurso.
Es más cercanía.

Y esa cercanía… se percibe.

¿Ya sabes?
Esa que no necesitas que te la expliquen…
porque la sientes.

En sus palabras.
En sus silencios.

Es más…
me atrevo a decir que hasta la mirada es otra.

No es teoría.

Se ve en momentos concretos.

En la Última Cena…

cuando todos están inquietos,
cuando todos preguntan,
cuando todos dudan…

Juan no habla.

Juan se inclina.

Y el Evangelio dice que estaba recostado en su pecho.

Ahí.

En el lugar más cercano posible.

Y desde ahí…
Jesús le responde.

No en público.

No en voz alta.

Sino desde la intimidad.

Casi como un susurro.

 

Luego… la cruz.

El momento más crudo.

El momento donde todo se consuma.

Todos se van.

Todos huyen.

Todos desaparecen.

Menos uno.

Juan.

Jesús no le da una enseñanza.
No le da una parábola.
No le da una corrección.

Le da algo más grande:

“Ahí tienes a tu madre.”

No fue solo un encargo.

Fue una entrega.

Porque solo a quien está cerca…
se le confía lo más profundo.

Y después…

cuando todo parece terminado…

cuando ya no hay esperanza visible…

en la orilla del lago…

nadie lo reconoce.

Nadie.

Excepto uno.

Juan.

“Es el Señor.” (Jn 21,7)

No necesitó pruebas.
No necesitó señales.
No necesitó explicación.

Porque hay una forma de conocer a Dios…

que no pasa primero por la razón.

Pasa por la cercanía.

Y todavía hay una más…

una que casi nadie conecta.

La mañana de la resurrección.

Pedro y Juan corren hacia la tumba.

Los dos.

Pero el Evangelio dice algo muy preciso:

Juan llegó primero.

Y no es un dato cualquiera.

No es un detalle narrativo.

Es una clave.

Porque el que estaba más cerca…
fue el que llegó primero.

No solo corrió más rápido.

Amaba distinto.

Y por eso…

entra, ve…
y cree.

Ahora todo encaja.

El que se recostó en su pecho…
el que se quedó en la cruz…
el que reconoció su voz…
el que llegó primero…

Es el mismo.

Juan no entendía más…
porque supiera más.

Entendía más…
porque permanecía más cerca.

Y tal vez el problema no es
que Dios no hable…

sino que estamos demasiado lejos
para reconocer su voz.

Porque Dios no siempre habla más fuerte…

pero sí habla más claro
a quien está más cerca.

Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad.

-Antoine Abraham

P.D.

El nombre de Juan no es casual.

Proviene del hebreo Yôḥānān (יוֹחָנָן)
y significa:

“Dios ha tenido misericordia.”
“Dios ha mostrado su gracia.”

No es casualidad que:

El discípulo que descansa en el kólpos (pecho/seno)
el que permanece hasta la cruz…
el que reconoce primero…
el que entra en la intimidad…

…se llame:

“el que ha recibido la gracia.”

Esto es parte de algo más grande…
(y esta fue la primera pieza):

EL LUGAR DONDE DESCANSA DIOS

4 comentarios en “LA CERCANÍA QUE CAMBIA TODO”

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Gracias, Lucía.
      Cuando el Evangelio se entiende desde dentro… deja de ser solo historia…
      y empieza a tocar el corazón.

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Gracias, Flor.
      Porque al final… la cercanía con Jesús no se aprende desde lejos.
      Se aprende cuando uno se atreve a acercarse… y a quedarse.

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