Antoine Abraham

El milagro no era el milagro

ECOS QUE TRASCIENDEN

Siempre que escuchamos hablar de un milagro, imaginamos algo extraordinario.

Un ciego que recupera la vista.

Un paralítico que comienza a caminar.

Un mar que se abre.

Un muerto que vuelve a la vida.

Y seguramente, si hubiéramos presenciado alguno de estos acontecimientos, nos habríamos quedado maravillados.

¿Pero y si lo más importante del milagro nunca hubiera sido el milagro mismo?

En los cuatro Evangelios se suelen identificar entre 35 y 37 milagros distintos de Jesús, dependiendo de cómo se clasifiquen.

Sin embargo, Juan reconoce que Jesús realizó muchas otras señales que no quedaron escritas (Jn 20,30).

Si Jesús realizó tantos milagros, ¿por qué los evangelistas decidieron contarnos precisamente esos?

Quizá porque no pretendían dejarnos un catálogo de acontecimientos sobrenaturales.

Querían enseñarnos a mirar más allá de lo extraordinario.

En el Antiguo Testamento encontramos dos palabras hebreas interesantes:

‘Ot significa señal.

Mofet significa prodigio o portento.

Aunque pueden utilizarse juntas, tienen matices distintos.

Un prodigio provoca asombro. Una señal apunta hacia algo que está más allá de ella.

Cuando viajamos por carretera y encontramos un letrero que dice «Mérida, 20 kilómetros», nadie se detiene a contemplarlo como si hubiera llegado a su destino.

El letrero solamente indica hacia dónde dirigirnos.

Quizá eso hemos olvidado de los milagros: nos quedamos mirando el acontecimiento y dejamos de mirar hacia dónde señala.

Los Evangelios, escritos en griego, también utilizan distintas palabras:

Téras: prodigio, aquello que nos maravilla.

Dýnamis: poder, la fuerza de Dios que actúa.

Sēmeion: señal, aquello que nos permite descubrir algo más profundo.

Pensemos en Jesús devolviéndole la vista a un ciego.

Que un hombre recupere la vista es el prodigio.

Que suceda por el poder de Dios es la obra poderosa.

Pero que Jesús, quien se presenta como la luz del mundo, devuelva la vista a quien vivía en la oscuridad (Jn 9), nos permite descubrir algo sobre su identidad.

Esa es la señal.

No son tres milagros diferentes, sino tres maneras de comprender lo extraordinario.

Juan presta especial atención a las señales.

Cuando Jesús transforma el agua en vino en Caná, el evangelista dice que manifestó su gloria y que sus discípulos creyeron en Él (Jn 2,11).

El vino fue lo que todos pudieron disfrutar. La señal era lo que los discípulos estaban llamados a comprender.

Pienso en todas las veces que nos hemos acercado a Dios para pedirle algo.

Y en las pocas veces que nos hemos acercado simplemente para estar con Él.

Le pedimos que desaparezca una enfermedad, que se resuelva un problema, que regrese alguien que se ha alejado.

Y no hay nada malo en pedirlo. Jesús escuchó las súplicas de quienes sufrían.

Pero a veces nuestra relación con Dios termina pareciéndose a una larga lista de necesidades.

Nos acercamos cuando algo nos falta, agradecemos cuando lo recibimos y después continuamos nuestra vida.

Como si lo importante fuera obtener lo que pedimos y no descubrir a quién se lo estamos pidiendo.

Es relativamente fácil agradecerle a Dios cuando las cosas salen como esperábamos.

Lo difícil es seguir confiando cuando pasan los meses, seguimos rezando y nada cambia.

Cuando la enfermedad continúa, alguien no regresa o la respuesta simplemente no llega.

¿Queríamos encontrarnos con Dios o solamente necesitábamos que nos resolviera algo?

Hay personas que presencian algo extraordinario y no cambian. Otras, sin experimentar ningún acontecimiento sobrenatural, descubren una manera completamente distinta de vivir.

Porque el milagro puede transformar nuestras circunstancias sin que nosotros permitamos que transforme nuestro corazón.

Una cosa es creer en lo que Jesús puede hacer. Y otra es creer en Él.

Antoine Abraham

 

NOTA BÍBLICA: 

Después de multiplicar los panes, Jesús descubre que la multitud vuelve a buscarlo.

Pero les dice algo desconcertante:

«Ustedes me buscan, no porque han visto señales, sino porque han comido de los panes y se han saciado» (Jn 6,26).

Habían presenciado un milagro extraordinario, pero no habían comprendido su significado.

Descubrieron que Jesús podía quitarles el hambre, pero todavía no comprendían que Él mismo era el Pan de Vida.

Y nosotros, ¿cuántas veces hacemos lo mismo?

A veces buscamos las manos de Dios por lo que pueden darnos, pero olvidamos buscar su rostro para conocerlo.

Porque una cosa es necesitar un milagro de Dios. Y otra muy distinta es necesitar a Dios, incluso cuando no hay milagro.

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2 comentarios en “El milagro no era el milagro”

  1. Maria Nuñez Grajales

    Geacias por este maravilloso regalo, es ver con los lentes limpios para redescubrir lo verdaderamente transformador que siempre está ahí, el infinito y magnánimo amor de Dios a través del Jesus en nuestras vidas.

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      María, a veces los milagros no están en que las cosas cambien, sino en aprender a mirarlas con otros ojos. Me alegra muchísimo que esta reflexión te haya llegado al corazón. Gracias por leerme y por regalarme tus palabras.

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