Antoine Abraham

La nevera sin obras de arte

ECOS QUE TRASCIENDEN

Mi hija más chica acaba de entrar a la universidad.

Y eso significa que, oficialmente, en mi casa ya no hay niñas.

Lo curioso es que nadie me avisó cuándo dejaron de serlo.

No recuerdo cuál fue el último día que llevé a una de ellas a la escuela y, antes de cerrar la puerta del coche, se regresó para darme un beso.

Si hubiera sabido que era el último, probablemente habría detenido el tiempo unos segundos.

Pero uno nunca sabe esas cosas.

Tampoco recuerdo cuál fue el último dibujo que llegó a casa para terminar pegado en la nevera.

Durante años hubo soles amarillos, casas chuecas, árboles enormes, corazones, letras torcidas y aquellas famosas manos hechas con crayones que, según ellas, se parecían perfectamente a sus manos.

Un día la nevera simplemente dejó de recibir obras de arte.

Y nadie hizo una ceremonia de despedida.

Durante años supe perfectamente qué chocolate comprarles.

Todavía a veces lo hago.

Lo veo en el supermercado y mi mano lo toma casi automáticamente.

Solo que ahora ellas toman matcha o se comen un pan de masa madre.

Y me causa gracia.

Porque los hijos cambian de gustos mucho más rápido de lo que los papás actualizamos el corazón.

También fueron desapareciendo las mochilas pequeñas, las loncheras, los festivales escolares, los permisos que había que firmar, los uniformes preparados desde la noche anterior y aquellas preguntas importantísimas:

—Papá, ¿mañana me puedes llevar?

Ahora manejan.

Salen.

Tienen horarios que a veces desconozco, planes en los que ya no participo y conversaciones que ocurren en mundos a los que uno entra solamente cuando lo invitan.

Mientras lucho con mi red social favorita, suelo toparme con varios perfiles de mis hijas, en las que no somos “amigos”…. Ni me aceptan porque son sus “privs” (perfiles privados)

Y así debe ser.

Para eso los criamos.

El problema es que nadie te explica que criar a un hijo consiste, en buena medida, en enseñarle poco a poco a necesitarte menos.

Y que cada logro suyo trae escondida una pequeña despedida tuya.

La primera vez que camina, deja de necesitar tu mano para moverse.

Cuando aprende a leer, deja de necesitarte para conocer una historia.

Cuando maneja, deja de necesitarte para llegar.

Cuando entra a la universidad, comienza a construir un mundo donde tú ya no eres el centro.

Y eso está bien.

Pero duele bonito y huele a nostalgia.

Y entonces comprendes algo:

la infancia de tus hijos no termina un día.

Se va yendo silenciosamente.

Una lonchera que ya no preparaste.

Un juguete que nadie volvió a sacar.

Una puerta de escuela donde ya no hubo beso.

Un chocolate que dejó de ser su favorito.

Y probablemente muchas de esas cosas las hice por última vez sin saber que eran la última

Hoy mi hija más chica entró a la universidad.

Yo estoy orgulloso de verla avanzar.

Pero confieso que, de vez en cuando, cuando paso frente a aquellos chocolates que ya casi no comen, todavía compro alguno.

Quizá no sea porque piense que se lo van a comer (de hecho no lo harán).

Quizá sea porque hay una parte de nosotros, los padres, que tarda un poco más en aceptar que crecieron.

—Papá, ahora tomo matcha.

Pero yo todavía recuerdo perfectamente qué chocolate les gustaba cuando sus manos apenas alcanzaban a abrir la puerta de la nevera.

P.D. Hoy mi nevera ya no tiene dibujos.

Pero, pensándolo bien, quizá solo está guardando espacio para los que todavía no han llegado.

Tal vez algún día vuelva a llenarse de soles amarillos, casas chuecas y manos de crayón.

Solo que esta vez ya no dirán:

—Para papá.

Dirán:

—Para el abuelo.

Y entonces, probablemente, tendré que salir corriendo a comprar chocolates otra vez.

Antoine Abraham

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2 comentarios en “La nevera sin obras de arte”

  1. Maria Nuñez Grajales

    Que bella reflexión, comparto estos sentimientos contigo y espero lo mismo, que un día vuelva a haber arte en la puerta de mi refri y sean para la abuela.

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Muchas gracias, María. Ojalá que un día nuestros refrigeradores vuelvan a llenarse de dibujos, colores y pequeños artistas. Y que entonces tengamos la sabiduría de disfrutar cada uno, sabiendo lo rápido que pasan esos años.

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