Antoine Abraham

Las palabras que el tiempo no pudo borrar

ECOS QUE TRASCIENDEN:

Hay palabras que han sobrevivido a imperios, guerras y siglos. Palabras que se siguen pronunciando hoy… prácticamente igual que hace miles de años.

Y eso, si lo pensamos un momento, es extraordinario.

Porque las lenguas cambian. Las palabras nacen, se transforman y desaparecen. Hay idiomas enteros que dejaron de hablarse y palabras que alguna vez pronunciaron millones de personas y hoy nadie recuerda.

Pero algunas consiguieron atravesar el tiempo.

Dos de ellas siguen vivas en casi todas las iglesias del mundo:

“ALELUYA”

Es una de las palabras más antiguas que aún se cantan de forma universal.

Viene del hebreo “Hallelu-Yah”.

“Hallel” significa alabar.

“Yah” es una forma abreviada del nombre de Dios.

Por eso Aleluya significa literalmente: “Alabad al Señor”.

Pero hay un detalle hermoso: no nació simplemente como una palabra para describir la alabanza.

Es una invitación.

No dice solamente que Dios es alabado.

Nos llama a hacerlo:

“¡Alaben a Yah!”

Lo extraordinario es que nunca se tradujo. Desde los salmos de Israel, hace casi tres mil años, hasta hoy, la palabra se sigue cantando prácticamente igual.

Hebreos, griegos, latinos, cristianos de todos los continentes… todos la pronuncian de una manera reconocible.

Hay palabras que la historia cambia.

Aleluya no.

Pensemos por un instante en lo que eso significa.

Cuando hoy, en una iglesia de Mérida, Roma, Jerusalén, Manila o cualquier otro lugar del mundo alguien canta “Aleluya”, está pronunciando una palabra que ya resonaba en la oración de Israel siglos antes del nacimiento de Jesús.

Cambió el mundo.

Cayeron imperios.

Desaparecieron ciudades.

Nacieron nuevas lenguas.

Y aquella palabra siguió viajando de generación en generación.

Aleluya.

Y hay otra palabra aún más universal.

Se pronuncia prácticamente igual en todo el planeta.

Hebreo: Amen

Griego: Amen

Latín: Amen

Árabe: Amin

Español, inglés y muchas otras lenguas: Amén

Su significado es profundo: “Así es.” “Es verdad.” “Que así sea.”

Pero su raíz hebrea es todavía más interesante. Proviene de “aman”, la misma raíz de donde vienen palabras relacionadas con fe, fidelidad, firmeza y confianza.

Cuando alguien dice Amén, no está solo cerrando una oración.

Está diciendo:

“Esto es verdadero. En esto confío.”

Pero quizá lo más sorprendente no sea solamente lo que significan estas dos palabras.

Es cómo llegaron hasta nosotros.

No tenemos una grabación de aquellas comunidades de Israel cantando los salmos.

No podemos escuchar la voz de aquellos hombres y mujeres.

No sabemos cómo sonaba exactamente una celebración en Jerusalén hace dos mil años.

Sus voces se apagaron hace siglos.

Y, sin embargo, algunas de sus palabras siguen en nuestros labios.

Pensemos en la cadena humana que tuvo que existir para que eso ocurriera.

Una generación se las enseñó a otra.

Esa generación a la siguiente.

Padres a hijos.

Maestros a discípulos.

Comunidades enteras a otras comunidades.

Cruzaron del hebreo al mundo griego.

Del mundo griego al latino.

Atravesaron Europa, África y Asia.

Después cruzaron océanos.

Y siguieron avanzando.

Hasta llegar a nosotros.

Tal vez ahí está lo verdaderamente extraordinario.

Hay civilizaciones que desaparecieron. Idiomas que murieron. Imperios que se borraron de la historia. Pero estas dos palabras siguen viajando por el mundo… desde hace miles de años.

Probablemente nunca conoceremos los nombres de millones de personas que las pronunciaron antes que nosotros.

Hombres y mujeres que rezaron con ellas.

Personas que las pronunciaron en momentos de alegría, de miedo, de persecución, de esperanza o frente a la muerte.

Sus nombres desaparecieron.

Sus voces se apagaron.

Pero aquellas palabras continuaron viajando.

Hasta que un día llegaron a nuestros labios.

Aleluya. Amén.

Y quizá la próxima vez que las pronunciemos podamos detenernos solamente un segundo.

Porque no estamos diciendo únicamente dos palabras religiosas que aprendimos desde niños.

Estamos entrando en una cadena de voces que comenzó mucho antes que nosotros…

y que probablemente continuará mucho después.

Y quizá eso nos recuerda algo:

Hay verdades que el tiempo no puede borrar.

Tal vez porque algunas palabras no pertenecen solamente a la historia…

pertenecen a la eternidad.

“Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad”.

— Antoine Abraham

P.D. histórica: En algunos de los manuscritos bíblicos más antiguos que conservamos, escritos muchos siglos antes de la imprenta, ya aparece la forma griega de Aleluya. Los copistas podían traducir el texto, cambiar de alfabeto e incluso vivir a miles de kilómetros de Jerusalén… pero aquella palabra seguía pasando de manuscrito en manuscrito.

Lo fascinante es pensar que durante siglos Aleluya sobrevivió sin grabaciones, sin imprenta y sin medios de comunicación. Dependía únicamente de personas que la copiaban, la enseñaban y la volvían a pronunciar.

Antes de viajar por internet, una palabra podía tardar siglos en cruzar el mundo. Aleluya lo hizo… y llegó hasta nosotros.

Si quieres saber mas sobre «Amén» lee:  https://antoineabraham.com/el-eco-oculto-de-amen/

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2 comentarios en “Las palabras que el tiempo no pudo borrar”

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      ¡Muchas gracias, Sofía! Qué gusto saber que le resultó interesante. A mí también me sorprende descubrir toda la historia que puede esconderse detrás de palabras que pronunciamos casi sin pensarlo.

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