Antoine Abraham

Una migaja basta

ECOS QUE TRASCIENDEN:

Mateo 15,22-28:  «Una mujer cananea que había salido de aquella región comenzó a gritar: “¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija está terriblemente atormentada.”»

La historia no comienza con un milagro.

Comienza con una madre cansada.

Una madre que probablemente ya había intentado todo y que había llegado a ese lugar terrible que algunos padres conocemos: cuando ya no sabes qué más hacer por un hijo que amas.

Porque existe un dolor muy particular cuando el problema no es tuyo… sino de tu hijo.

Cuando darías cualquier cosa por cambiar lugares.

Cuando lo ves sufrir, equivocarse, perderse… y descubres una de las verdades más dolorosas de ser padre:

puedes dar la vida por un hijo, pero no puedes vivir la vida por él.

Aquella mujer había escuchado hablar de Jesús.

No lo conocía personalmente. No pertenecía al pueblo de Israel. No había crecido escuchando sus promesas.

Pero había escuchado suficiente para correr hacia Él.

Y comenzó a gritar.

No hizo una oración elegante.

No buscó las palabras correctas.

Gritó:

«Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí.»

Y entonces ocurre algo desconcertante que yo nunca hubiera pensado:

«Pero Él no le respondió palabra.» (Mt 15,23)

Silencio.

Ella gritaba…

y Jesús callaba.

Quizá esta sea una de las partes más difíciles de la fe: seguir creyendo cuando Dios no responde como esperábamos.

Porque es relativamente fácil creer después del milagro.

Lo difícil es seguir caminando detrás de Él mientras todavía guarda silencio.

Los discípulos terminaron cansándose de escucharla:

“Despídela, porque viene gritando detrás de nosotros”, como diciendo, “ya dile algo para que se vaya”

Para ellos era una mujer extranjera que estaba haciendo demasiado ruido.

Pero para ella, aquel ruido tenía nombre…. Era su hija.

Y cuando el dolor de tu casa es suficientemente grande, llega un momento en que la vergüenza deja de importar.

Hay madres que conocen perfectamente esa oración, madres que lloran por hijos que se han perdido, padres que ven cómo un hijo toma decisiones que lo destruyen.

Oras…

y nada cambia.

Oras…

y el problema continúa.

Oras…

y el cielo parece guardar silencio.

Pero aquella mujer hizo algo extraordinario:

no confundió el silencio de Jesús con su ausencia.

No se fue.

Se acercó todavía más.

Se arrodilló delante de Él y pronunció una de las oraciones más pequeñas de todo el Evangelio:

“Señor, socórreme”.

No explicó su historia.

No presentó argumentos.

No intentó demostrar que merecía algo.

Solo pidió ayuda.

Entonces Jesús respondió con una frase que puede resultar muy dura al oído moderno:

«No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos.»

Acá necesito hacer una pausa y explicar algo: Jesús está utilizando una imagen que sus oyentes podían comprender. Los “hijos” son el pueblo de Israel, al que había sido dirigida primero su misión; aquella mujer cananea, en cambio, pertenecía a los gentiles (los no judíos). Dicho de otra manera: Jesús le estaba diciendo que no correspondía quitar el pan destinado primero a Israel para entregarlo a quienes estaban fuera de la alianza.

Pero la mujer entendió algo extraordinario: no le pidió que les quitara el pan a los hijos.

Aquí existe un detalle interesante que casi nadie explica:

En el texto original griego, Jesús no usa la palabra para perro callejero. Usa una palabra diminutiva: kynária, diminutivo de kyōn, “perro”. La tradición nos dicta algo como “perrito de casa”. No habla de un animal sucio que anda por las calles. Habla del pequeño perro que está dentro del hogar, cerca de la mesa familiar.

La imagen es doméstica: una mesa, los hijos, el pan… y unos pequeños perros esperando aquello que pueda caer.

Y entonces la mujer hizo algo extraordinario.

No se ofendió.

No discutió su lugar.

No exigió sentarse a la mesa.

Simplemente respondió:

«Sí, Señor; pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.»

¿Sabes? Nunca he podido leer esta frase sin que se me nublen los ojos… Porque quizá yo también sea solo eso: un simple perrillo esperando, debajo de la mesa, que caiga una migaja.

Y quizá ahí está toda la grandeza de su fe.

Ella no estaba diciendo: “Dame lo que merezco”.

Estaba diciendo: “Sé quién eres Tú”.

No necesitaba un lugar en la mesa.

No necesitaba comprender el silencio.

No necesitaba siquiera saber por qué había tenido que llegar hasta allí.

Le bastaba saber de qué mesa caía aquella migaja.

Porque cuando la migaja viene de Dios…

una migaja basta.

Entonces Jesús la miró y pronunció una de las palabras más dulces, que casi nunca le dijo a nadie:

«Mujer, grande es tu fe.»

Y desde aquel momento su hija quedó sana.

Pero quizá el milagro había comenzado antes.

Había comenzado cuando aquella mujer decidió seguir caminando detrás de Jesús incluso cuando Jesús todavía no le respondía.

Porque la fe más profunda no siempre es la que recibe inmediatamente lo que pide.

A veces es la que, en medio del silencio, todavía puede arrodillarse y decir:

«Señor, socórreme.»

Y seguir creyendo que…

una migaja basta.

«Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad.»

— Antoine Abraham

P.D. — PRIMERO ISRAEL… DESPUÉS EL MUNDO

Cuando Jesús dice: «No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos», sus palabras tienen un contexto que es importante comprender.

Durante su ministerio terreno, la misión de Jesús estuvo dirigida primero al pueblo de Israel, el pueblo de la Alianza. Él mismo había dicho poco antes: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15,24). Y cuando envió inicialmente a los Doce, les indicó que fueran primero «a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 10,5-6).

Pero “primero” nunca significó “solamente”.

Después de su resurrección, Jesús enviará a sus discípulos: «Vayan y hagan discípulos a todas las naciones» (Mt 28,19).

Por eso aquella escena resulta tan poderosa.

La mujer que parecía estar fuera de la mesa termina convirtiéndose en uno de los grandes ejemplos de fe del Evangelio.

Israel fue primero.

Pero la mesa de Dios terminaría siendo mucho más grande de lo que cualquiera imaginaba.

 

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