ECOS QUE TRASCIENDEN
Durante mucho tiempo pensé que arrepentirse era sentirse mal.
Creía que mientras más culpa sintiera…
más cerca estaría del perdón de Dios.
Así que cada vez que me equivocaba, hacía lo único que sabía hacer:
recordar una y otra vez mi error.
Reprochármelo.
Castigarme por dentro.
Como si el sufrimiento pudiera cambiar el pasado.
Hasta que un día descubrí algo que me sacudió profundamente.
La Biblia no entiende el arrepentimiento como yo había aprendido a entenderlo
En hebreo existe una palabra maravillosa: Teshuvá.
Normalmente la traducimos como «arrepentimiento», pero en realidad significa algo mucho más hermoso.
Proviene del verbo Shuv y Shuv significa simplemente:
Volver, regresar, dar media vuelta.
El verdadero arrepentimiento no consiste en llorar más…
sino en volver…. exacto, simplemente volver
Porque puedo derramar un océano entero de lágrimas…
y seguir caminando exactamente hacia el mismo lugar.
Puedo sentirme culpable durante años…
y nunca haber cambiado de dirección.
Las lágrimas pueden aliviar el alma por un momento. Pero son los pies los que cambian una vida. Porque el arrepentimiento es la decisión que toman los pies cuando el corazón ya entendió que debe volver.
Hoy me viene a la mente la parábola del hijo pródigo.
Nunca había reparado en un detalle.
El muchacho lloró, seguramente.
Sintió vergüenza.
Miedo.
Hambre.
Pero el Evangelio no dice que el padre salió corriendo cuando el hijo comenzó a llorar.
Dice que todo cambió cuando el muchacho tomó una decisión:
«Me levantaré e iré a casa de mi padre.»
Ahí comenzó su regreso.
Ahí comenzó su Teshuvá.
Y entonces comprendí algo que todavía hoy intento recordar cuando vuelvo a caer.
Dios no está esperando que yo me castigue.
Está esperando que vuelva.
Porque ningún padre disfruta viendo sufrir a un hijo.
Lo único que desea…
es verlo aparecer nuevamente por el camino.
Quizá tú también cargas con algo que ocurrió hace años.
Algo que todavía pesa.
Algo que todavía duele.
Si es así…
tal vez hoy no necesitas llorar más.
Tal vez solo necesitas dar el primer paso de regreso.
Porque he descubierto que un paso hacia Dios…
vale mucho más que mil lágrimas derramadas lejos de Él.
Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad.
Antoine Abraham
NOTA HISTÓRICA
En el Evangelio de Lucas, cuando Jesús narra la parábola del hijo pródigo (Lc 15), describe a un padre que, al ver regresar a su hijo, corre hacia él. Para un patriarca judío del siglo 1 aquello era algo completamente inusual. Los hombres de edad y de autoridad no corrían en público, pues levantar la túnica para hacerlo era considerado indigno de su posición. Jesús rompe deliberadamente ese esquema para transmitir una verdad conmovedora: Dios está dispuesto incluso a renunciar a las convenciones humanas con tal de abrazar primero a quien regresa.
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