Antoine Abraham

LA PRIMERA PALABRA DEL RESUCITADO… FUE PAZ

SERIE: ECOS QUE TRASCIENDEN

Juan 20, 19-23

Cuando Jesús acaba de vencer a la muerte.

Podría aparecer reclamando.
Podría corregirlos.
Podría recordarles que huyeron,
que Pedro lo negó,
que todos desaparecieron cuando llegó la cruz.

Pero no.

La primera palabra del Resucitado no fue juicio.

Fue paz.

“Paz a vosotros.”

Y eso mueve completamente el corazón de los discípulos.

Porque los discípulos no estaban celebrando.

Estaban escondidos.

Con las puertas cerradas.
Paralizados por miedo.
Con culpa.
Con confusión.
Sin entender todavía qué acababa de pasar.

Y justo ahí…

entra Cristo.

No cuando ya son fuertes.
No cuando ya creen perfectamente.
No cuando ya vencieron el miedo.

Entra precisamente en medio del encierro.

Y hay un detalle brutal:

las puertas estaban cerradas…
pero eso no detuvo al Resucitado.

Porque después de la Resurrección,
Cristo ya no entra solamente por lugares físicos.

Entra donde el ser humano cree que ya nadie puede entrar.

Miedo.
Vergüenza.
Culpa.
Fracaso.
Heridas.

Y lo primero que hace no es humillar.

Es traer paz.

Pero no una paz superficial.

No una tranquilidad emocional.

La paz bíblica — shalom
significaba algo mucho más profundo:

orden restaurado.

La realidad volviendo a su lugar.

El ser humano reconciliado nuevamente con Dios.

Por eso Jesús enseña las heridas.

Porque la Resurrección no borró la cruz.

La transformó.

Las heridas siguen ahí…
pero ya no son derrota.

Y entonces ocurre algo gigantesco.

Jesús dice:

“Como el Padre me envió,
así también os envío yo.”

Es decir:

la misión no terminó en la cruz.

Cambió de manos.

Los mismos hombres que hace minutos estaban escondidos…
ahora son enviados.

Y aquí aparece uno de los momentos más profundos de todo el Evangelio.

Jesús sopla sobre ellos.

“Sopló sobre ellos y les dijo:
‘Recibid el Espíritu Santo.’”

Ese “soplo” no es casual.

En Génesis,
Dios sopla aliento de vida sobre Adán.

Ahora Cristo resucitado vuelve a soplar.

Porque está comenzando una nueva creación.

No solo hombres perdonados.

Hombres transformados.

Y entonces entrega algo escandaloso:

el poder de perdonar pecados.

Porque el cristianismo nunca fue solamente una filosofía moral.

Es reconciliación real.

Cristo no vino solo a enseñar.
Vino a restaurar lo roto entre Dios y el hombre.

Y quizá por eso este Evangelio sigue golpeando tan fuerte hoy.

Porque seguimos encerrándonos.

Seguimos viviendo detrás de puertas cerradas.

Miedo al pasado.
Miedo al fracaso.
Miedo a no ser suficientes.
Miedo a que alguien vea nuestras heridas.

Y sin embargo…

el Resucitado sigue entrando incluso ahí.

Y sigue diciendo lo mismo:

“Paz a vosotros.”

Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad.

— Antoine Abraham

P.D.

En el mundo judío,
mostrar heridas normalmente era señal de vergüenza,
derrota
o humillación.

Pero Cristo resucitado hace algo impensable:

las conserva.

No las esconde.
No las borra.

Las convierte en signo de identidad.

Y quizá ahí hay algo profundamente humano:

Dios no siempre elimina nuestras heridas.

A veces…
las transforma en el lugar exacto desde donde volveremos a dar vida.

“No sé quién…
pero alguien necesita leer esto hoy.
Si lo pensaste… reenvíaselo.”

Esto es parte de algo más grande…
(y esta fue la primera pieza):

El eco oculto de Amén

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