HISTORIAS QUE INSPIRAN
En una antigua pared de Roma quedó marcada una escena pequeña, casi torpe, pero profundamente hiriente.
No era una pintura hermosa.
No era una oración.
No era un símbolo hecho con respeto.
Era un grafito.
Una broma cruel.
En él aparece un hombre de pie, levantando una mano en actitud de adoración. Frente a él hay una cruz. Y sobre esa cruz, una figura humillante: un crucificado con cabeza de burro.
Debajo, alguien escribió en griego:
“Alexámenos adora a su dios.”
La intención era clara: burlarse de un cristiano.
Quizá Alexámenos era un joven, un esclavo, un soldado, un sirviente o simplemente alguien conocido por su fe. No lo sabemos con certeza. Pero sí sabemos algo: alguien quiso avergonzarlo por creer en Cristo.
Para los romanos, la cruz no era un símbolo sagrado. Era una vergüenza. Era castigo de criminales, esclavos y rebeldes. Nadie presumía una cruz. Nadie veía en ella gloria. Nadie pensaba que de ahí pudiera venir la salvación.
Por eso el mensaje de los cristianos parecía absurdo:
“Dios se hizo hombre.”
“Fue humillado.”
“Fue crucificado.”
“Y ese crucificado es el Señor.”
Para el mundo antiguo, eso sonaba ridículo.
Un Dios poderoso no debía sufrir.
Un Dios vencedor no debía morir.
Un Dios digno de adoración no debía acabar clavado en una cruz.
Pero ahí estaba precisamente el escándalo del cristianismo: Dios no vino a salvar al mundo desde la comodidad del poder, sino desde la profundidad del amor.
Cristo no respondió a la burla con otra burla.
No respondió al desprecio con desprecio.
No respondió a la violencia con violencia.
Respondió con perdón.
Y quizá por eso la cruz incomoda tanto. Porque no solo nos muestra cuánto nos ama Dios, también nos muestra lo lejos que estamos nosotros de amar así.
El que rayó aquella pared quiso humillar a Alexámenos. Pero sin saberlo, dejó una de las imágenes más antiguas de la fe cristiana.
Quiso decir:
“Miren qué ridículo es este hombre, adora a un crucificado.”
Pero terminó dejando testimonio de algo más grande: que desde los primeros siglos ya había cristianos capaces de ser señalados, ridiculizados y despreciados por su fe.
Y ahora viene la parte difícil.
Porque es fácil mirar ese grafito y decir:
“Qué crueles eran los paganos.”
“Qué ignorantes eran los romanos.”
“Qué fuerte era la persecución contra los cristianos.”
Pero tal vez la pregunta no es solo cómo se burlaban de Jesús en aquella época. Tal vez la pregunta es cómo nos burlamos nosotros de Él hoy.
Nos burlamos de Él cuando decimos que creemos, pero vivimos como si Dios no tuviera nada que decirnos.
Nos burlamos de Él cuando llevamos una cruz en el cuello, pero no cargamos ninguna cruz por amor.
Nos burlamos de Él cuando hablamos de misericordia, pero tratamos sin piedad a quien se equivoca.
Nos burlamos de Él cuando rezamos el Padre Nuestro, pero no queremos perdonar a nuestro hermano.
Nos burlamos de Él cuando vemos al pobre, al débil, al enfermo, al migrante, al pecador o al humillado, y pasamos de largo como si ahí no estuviera Cristo.
Y también nos burlamos de Él cuando queremos un cristianismo sin cruz.
Un Jesús que me consuele, pero que no me corrija.
Un Jesús que me acompañe, pero que no me cambie.
Un Jesús que me prometa cielo, pero que no me pida conversión.
Un Jesús que bendiga mis planes, pero que no toque mis heridas ni mis pecados.
Alexámenos fue ridiculizado por adorar a un Dios crucificado… Y nosotros, ¿nos atreveríamos a ser reconocidos por lo mismo?
El grafito de Alexámenos nació como una burla, pero terminó siendo un testimonio. Quisieron avergonzar a un cristiano por adorar a Cristo crucificado, y sin querer dejaron grabada una pregunta para todos los tiempos: ¿mi vida se burla de Jesús o lo adora de verdad? Porque no basta con decir “creo en Cristo”, la verdadera fe se nota cuando seguimos amando, perdonando y permaneciendo fieles incluso cuando la cruz nos hace parecer ridículos ante el mundo.
https://www.facebook.com/soygerardoteran/
Continúa en más artículos:
https://antoineabraham.com/categorias/historia-y-fe/



